Por Caludio H. Sánchez para LA GACETA
En el desarrollo de Volver al futuro, como todo relato de este tipo, aparecen diversas paradojas: situaciones que resultan imposibles, absurdas o contrarias al sentido común pero que, sin embargo, no siempre es fácil entender qué es lo que no funciona en cada caso. Algunas de estas paradojas son muy conocidas. Otras, no tanto.
Por ejemplo, supongamos que un viajero en el tiempo consigue un ejemplar de La interpretación de los sueños y se embarca con él hacia la Viena de la década de 1870. Allí localiza a un joven estudiante de medicina llamado Sigmund Freud y lo convence de que abandone la carrera y se dedique, por ejemplo, a la gastronomía.
Ya con Freud fuera de circulación el viajero se dirige a una imprenta y se hace imprimir toda una edición de La interpretación de los sueños pero con su propio nombre como autor. Así, los psicoanalistas del siglo XXI reconocerán al viajero en el tiempo como creador de uno de los textos fundacionales del psicoanálisis.
Hasta aquí, todo parece funcionar. Si suponemos que los viajes en el tiempo son posibles (lo que es mucho suponer) esta situación no parece violar ninguna ley de la naturaleza. Sin embargo, en esta nueva realidad... ¿quién es el autor de La interpretación de los sueños?
El libro dice que fue el viajero en el tiempo. Pero él lo único que escribió fue su nombre en la primera página. Y tampoco fue Freud que, en esta realidad, abandonó la medicina antes de desarrollar el psicoanálisis.
En estas condiciones, nadie escribió La interpretación de los sueños. Es una obra que no tiene autor. Esto se conoce como “paradoja del libro nunca escrito”. La paradoja acaba de ser explicada con el ejemplo de un libro pero puede aplicarse, en general, a todo tipo de creación intelectual.
De hecho la paradoja aparece en Volver al futuro pero no con un libro sino con una canción. El 12 de noviembre de 1955, Marty McFly, interpretado por Michael J. Fox, reemplaza al guitarrista de la banda contratada para animar el baile de graduación de la escuela.
Durante su actuación, Marty toca diversos clásicos de los 50, entre ellos “Johnny B. Goode”, de Chuck Berry. Mientras él canta, el guitarrista de la banda llama a su primo, que resulta ser el propio Chuck Berry, y le hace escuchar la canción. Tiempo después, Chuck Berry estrena su versión de “Johnny B. Goode”.
En esta realidad “Johnny B. Goode” resulta ser una canción que no tiene autor. Marty toca lo que para él es un clásico de hace casi treinta años y Chuck Berry copia lo que su primo le hace escuchar por teléfono. Un auténtico ejemplo de la paradoja del libro nunca escrito. O, en este caso, de la canción nunca compuesta.
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Claudio H. Sánchez - Docente y divulgador científico.